
2 Macabeos · BLM
2 Macabeos
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Texto bíblicoVoz sintética (IA)
Cuando la ciudad santa estaba habitada con paz ininterrumpida y las leyes se guardaban muy bien a causa de la piedad de Onías el sumo sacerdote y de su odio a la maldad, aconteció que incluso los mismos reyes honraban el lugar y glorificaban el templo con los más nobles presentes, de modo que hasta el rey Seleuco de Asia costeaba todos los gastos pertenecientes a los servicios de los sacrificios de sus propios ingresos. Pero un hombre llamado Simón, de la tribu de Benjamín, habiendo sido constituido guardián del templo, tuvo un altercado con el sumo sacerdote sobre la administración del mercado en la ciudad. Al no poder vencer a Onías, acudió a Apolonio de Tarso, que en aquel tiempo era gobernador de Celesiria y Fenicia. Y le trajo la noticia de que el tesoro en Jerusalén estaba lleno de sumas incalculables de dinero, de manera que la multitud de los fondos era innumerable, y que no pertenecían a la cuenta de los sacrificios, sino que era posible que cayeran bajo el poder del rey. Cuando Apolonio se reunió con el rey, le informó del dinero del que se le había hablado. Entonces el rey designó a Heliodoro, que era su canciller, y lo envió con la orden de llevar a cabo la confiscación del dinero reportado. Así que Heliodoro emprendió su viaje de inmediato, ostensiblemente para visitar las ciudades de Celesiria y Fenicia, pero en realidad para ejecutar el propósito del rey. Cuando llegó a Jerusalén y fue cortésmente recibido por el sumo sacerdote de la ciudad, le comunicó la información que se le había dado y le declaró a qué había venido; y le preguntó si en verdad estas cosas eran así. El sumo sacerdote le explicó que en el tesoro había depósitos de viudas y huérfanos, y además algún dinero perteneciente a Hircano, hijo de Tobías, un hombre de muy alta posición, y no como aquel impío Simón alegaba falsamente; y que en total había cuatrocientos talentos de plata y doscientos de oro, y que era del todo imposible que se hiciera daño a los que habían puesto su confianza en la santidad del lugar, y en la majestad y la inviolable santidad del templo, honrado en todo el mundo. Pero Heliodoro, en virtud de la orden que le había dado el rey, dijo que en cualquier caso este dinero debía ser confiscado para el tesoro real. Así que, habiendo señalado un día, entró para dirigir la investigación acerca de estos asuntos; y no hubo poca angustia por toda la ciudad. Los sacerdotes, postrándose ante el altar con sus vestiduras sacerdotales, clamaron hacia el cielo a aquel que dio la ley sobre los depósitos, para que preservara a salvo estos tesoros para quienes los habían depositado. Cualquiera que veía el semblante del sumo sacerdote se sentía herido en su mente; porque su rostro y el cambio de su color delataban la angustia de su alma. Porque un terror y un temblor corporal se habían apoderado del hombre, por lo cual el dolor que había en su corazón se mostraba claramente a los que le miraban. Los que estaban en las casas salieron en multitudes para hacer una súplica universal, porque el lugar estaba a punto de caer en deshonra. Las mujeres, ceñidas con cilicio debajo de sus pechos, atestaban las calles. Las vírgenes que estaban guardadas en casa corrieron juntas, unas a las puertas, otras a los muros, y algunas miraban por las ventanas. Todas, extendiendo sus manos hacia el cielo, hacían su solemne súplica. Daba lástima entonces ver a la multitud postrándose toda mezclada, y la ansiedad del sumo sacerdote en su gran angustia. Mientras ellos, por tanto, clamaban al Señor Todopoderoso para que guardara las cosas que se les habían confiado a salvo y seguras para los que las habían depositado, Heliodoro siguió adelante para ejecutar lo que se había decretado. Pero cuando ya estaba allí presente con sus guardias cerca del tesoro, el Soberano de los espíritus y de toda autoridad provocó una gran manifestación, de modo que todos los que habían presumido de venir con él, heridos de consternación por el poder de Dios, desfallecieron de terror. Porque vieron a un caballo con un jinete temible, adornado con hermosos arreos, y se abalanzó ferozmente y golpeó a Heliodoro con sus patas delanteras. Parecía que el que estaba sentado en el caballo llevaba una armadura completa de oro. También se le aparecieron otros dos jóvenes, notables por su fuerza, hermosos en su gloria y espléndidos en su atuendo, los cuales se pararon junto a él a cada lado, y lo azotaron incesantemente, infligiéndole muchos y dolorosos azotes. Al caer repentinamente al suelo, y venir sobre él una gran oscuridad, sus guardias lo recogieron y lo pusieron en una camilla, y se lo llevaron; a este hombre que acababa de entrar con un gran séquito y toda su guardia en el mencionado tesoro, y que ahora había quedado en la más absoluta impotencia, obligado manifiestamente a reconocer la soberanía de Dios. Así que, mientras él, por la obra de Dios, mudo y desprovisto de toda esperanza y liberación, yacía postrado, ellos bendecían al Señor que había actuado maravillosamente por su propio lugar. El templo, que poco antes estaba lleno de terror y alarma, se llenó de gozo y alegría después de la aparición del Señor Todopoderoso. Pero rápidamente algunos de los amigos íntimos de Heliodoro imploraron a Onías que invocara al Altísimo para que concediera la vida al que yacía a punto de dar su último suspiro. El sumo sacerdote, temiendo en secreto que el rey llegara a pensar que los judíos habían perpetrado alguna traición contra Heliodoro, ofreció un sacrificio por la recuperación del hombre. Pero mientras el sumo sacerdote ofrecía el sacrificio expiatorio, los mismos jóvenes se aparecieron de nuevo a Heliodoro, vestidos con las mismas ropas. Se pusieron de pie y dijeron: «Da muchas gracias a Onías, el sumo sacerdote, porque por causa suya el Señor te ha concedido la vida. Mira tú que, puesto que has sido azotado desde el cielo, proclames a todos los hombres la majestad soberana de Dios». Cuando hubieron dicho estas palabras, desaparecieron de su vista. Así que Heliodoro, habiendo ofrecido un sacrificio al Señor y hecho grandes votos al que le había salvado la vida, y habiéndose despedido de Onías, regresó con su ejército adonde estaba el rey. Y dio testimonio a todos los hombres de las obras del Dios altísimo, las cuales había visto con sus propios ojos. Cuando el rey le preguntó a Heliodoro qué clase de hombre era el adecuado para ser enviado una vez más a Jerusalén, él respondió: «Si tienes a algún enemigo o conspirador contra el Estado, envíalo allí, y lo recibirás de vuelta bien azotado, si es que escapa con vida; porque verdaderamente hay cierto poder de Dios en aquel lugar. Porque aquel que tiene su morada en el cielo tiene puestos sus ojos en ese lugar y lo protege. A los que van para hacerle daño, él los hiere y los destruye». Esta fue la historia de Heliodoro y de la custodia del tesoro.
Reflexiones
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Notas · Haydock (1859, dominio público)15 notas
Notas en inglés Comentario católico del siglo XIX del P. George Leo Haydock, tal como se publicó.
Estas notas conservan las polémicas de su época: algunas hablan con dureza del pueblo judío o de otros cristianos. La Iglesia enseña hoy otra cosa. No se puede culpar al pueblo judío de la muerte de Cristo (Nostra Aetate 4; Catecismo 597–598), y los cristianos de otras comunidades son nuestros hermanos en el Señor (Unitatis Redintegratio 3). Unidad de los cristianos
2 Macabeos 3:1
Ver. 1. City. Three things contribute to the well ordering of a state: first, the agreement of the principal men; secondly, the observance of the laws; and thirdly, the eminent virtue of the ruler.
While three other things disturb it: first, the obstinacy of transgressors who refuse correction; secondly, their malice, seeking revenge against superiors; and thirdly, the avarice of princes, endeavouring to rob the public treasury. v.
4. W. --- Onias III. son of Simon II. C. xv. 12. C.
↑ 12 Macabeos 3:2
Ver. 2. Place; city. H. --- See the letter of Antiochus the great. Jos. Ant. xii. 3. C.
↑ 22 Macabeos 3:3
Ver. 3. Seleucus, son of Antiochus the great, and elder brother of Antiochus Epiphanes. Ch. ---
His sending Heliodorus has tarnished his memory.
↑ 32 Macabeos 3:4
Ver. 4. Overseer for repairs, which laics might be; (2 Par. xxxiv. 8. C.) or Simon was advocate, (Grot.) like the Church defenders, so often mentioned in the councils. C. --- To bring. Gr. "about disorder in the city." H.
↑ 42 Macabeos 3:5
Ver. 5. Apollonius, whom Jonathas defeated. 1 B. x. 69.
↑ 52 Macabeos 3:6
Ver. 6. Store. He knew that the king provided victims. As Philopator was then in want of money, to pay the tribute imposed by the Romans on his father, he easily persuaded himself that he might seize such a common stock, the state requiring (C.) that individuals or cities (H.) should not be too rich.
↑ 62 Macabeos 3:7
Ver. 7. Affairs. Gr. Rom. Some copies read "effects," or money. All this is related of Apollonius. 4 Mac. i.
↑ 72 Macabeos 3:10
Ver. 10. And provisions is not in Gr. or Syr. C. --- Something was to be given for such feasts; (Deut. xiv. 23. Lyr. M.) or people deposited in the temple their treasures; as all nations have judged that they would be there most secure.
Grot. T. C.
↑ 102 Macabeos 3:11
Ver. 11. Tobias, or rather "son of Joseph and grandson of Tobias." Jos. Ant. xii.
4.
↑ 112 Macabeos 3:12
Ver. 12. Done. It was contrary to justice.
↑ 122 Macabeos 3:19
Ver. 19. Shut up. Hence they were styled alamoth, "hidden," till they were married. Nothing could give a better idea of the distress of the city. C. --- These virgins remained in places near the temple, spending their time in prayer, fasting, and works of piety, till they were espoused. 1 K. ii.
22. S. Amb. virg. 1. S. Nys. or Nativ. S. Damas iv. 13. W. --- There also pious widows dwelt.
--- Walls of the temple, which they were not allowed to pass. M. --- The city seemed to be taken by an enemy. C.
↑ 192 Macabeos 3:21
Ver. 21. Expectation. Gr. "prostration." H. --- It was not unusual to see the Jews fall prostrate on such occasions, to move God or the enemy to pity, v. 15.
Judith iv. 9. C.
↑ 212 Macabeos 3:24
Ver. 24. Obey. Gr. "attend." They designed to plunder, but in vain. H.
↑ 242 Macabeos 3:25
Ver. 25. Horse. Fiery horses took Elias from the earth, (4 K. ii. 11.) and the mountain where Eliseus was seemed full of such, (Ib. vi. 17.) which is not less wonderful than what we read here.
See S. Amb. (Of. i. 29.) treating of this history. W.
↑ 252 Macabeos 3:39
Ver. 39. Visiter. Gr. "epopt," (H.) or inspector. C. --- So those who had the care of a thing were styled. M.
↑ 39Licencia: Notes by Fr. George Leo Haydock (1774–1849), from the Douay-Rheims Bible with Haydock's commentary (first ed. Thomas Haydock, Manchester/Dublin, 1811–1814; New York: Edward Dunigan & Brother, 1859); New Testament notes compiled with Fr. Benedict Rayment. Public domain. Digital text: "The Haydock Bible", Internet Archive (archive.org/details/TheHaydockBible), uploaded 2011 under the Public Domain Mark. · Créditos y licencias